Unas líneas

Hoy es un día de verano extraño en Granada. Si hace solo unos pocos días el sol nos estaba quemando desde las primeras horas de la mañana y era imposible salir antes de las ocho de la tarde, hoy está muy agradable el tiempo. Las temperaturas se han bajado notablemente y se siente como si fuera otoño. Esta mañana me levanté temprano para disfrutar este lujo de tomar el desayuno en mi mesa, con la ventana abierta para ver el cielo cristal. La brisa que me acariciaba me recordaba de mis primeros días en Granada y decidí darme el lujo de perderme en mis sentimientos aunque tenía muchas cosas que hacer.

Era un día a finales de septiembre. El tiempo era exactamente como el que hace hoy y el cielo era igual de azul. Como un sonámbulo, sin quererlo, hice un recorrido por todas las experiencias que he vivido hasta hoy en esta tierra nazarí (aunque tal vez era un poco temprano para hacerlo, como mi aventura todavía no ha terminado por definitivo). Como otras decisiones importantes de mi vida, tomé la de venir a Granada por casualidad y por razones un poco tontas, pero, también como las otras, ha sido algo de que nunca me arrepentiré. Es en esta ciudad encantadora que aprendí a vivir sola por la primera vez y a ser independiente (en un sentido muy limitado de esta palabra, porque afortunadamente siempre tengo a mi lado personas que no me dejan ser totalmente independient, jaja). Es aquí donde he podido, por fin, vivir los sueños que siempre tenía: de estar todos los días hablando la lengua de la que he estado muy enamorada, de viajar a países que solo conocía por las películas y de tener esta libertad casi absoluta de descurbir quién soy, qué es lo que quiero y lo que necesito. Cada momento, cada experiencia que había vivido pasó por mi mente como una película en cámara lenta.

Echaré de menos estas experiencias. No volveré a ser la misma después de todo lo que he visto y aprendido, y probablemente pasaré toda mi vida en nostalgia, soñando con volver a estos días mágicos sin preocupaciones. Antes de venir, había momentos cuando no quería irme de Vietnam. Luego, una vez que me había adaptado a la vida aquí y empecé a sentir que pertenezco a esta ciudad, empezó a volar el tiempo. Soy de esa gente que echa de menos las cosas cuando todavía las tiene, por lo tanto, empecé a contar los días que me han pasado y los que me quedan desde hace mucho tiempo. Un mes, dos meses, tres meses, y antes de darme cuenta, ya estoy en mi décimo mes. Queda muy poco hasta que Granada se convierta en un recuerdo. Al pensarlo, suspiré en silencio. Tomé un trago de mi vaso de zumo de naranja y dejé seguir la película.

La película siguió y vi caras. Caras de gente. Es también aquí en Granada donde conocí a gente que me ha cambiado la vida, gente que me ha enseñado cosas que no sabía del mundo y de mí misma, gente que me ha dado su cariño, gente que me ha brindado momentos inolvidables, risas, alegrías, y a veces, lágrimas (en la mayoría de los casos, lo hicieron sin querer), y gente que se ha convertido en amigos de toda la vida. Hay gente que seguro que no volveré antes de irme, pero esta experiencia no habría podido ser tan perfecta si no fuera por todos ellos. No pensaba en ellos como un colectivo. Cada uno apareció en esta película de mi aventura en Graná con nombre, en unos momentos muy concretos, cuyo cada detalle recuerdo perfectamente, pero aquí no mencionaré a ninguno en particular, porque si para ellos yo significo tanto como ellos para mí, sabrán quiénes son y si se encuentran en estas líneas. Si me cuesta mucho pensar que dentro de poco no viviré de la misma manera, que estas vistas maravillosas no seguirán siendo mi realidad, me cuesta más pensar que no volveré a ver a esa gente.
Estos días he tenido que empezar a despedirme de ellos. De algunos, en lágrimas y de otros, con una sonrisa (aunque tal vez no saben que justo cuando me dieron la espalda o cuando la puerta se cerró me puse a llorar). ¿De cuántas personas me tengo que despedir? ¿Quién será la última? ¿Alguien me verá ir? ¿Alguien estará a mi lado en mis últimos momentos en España? No quería pensar en eso, pero lo hice igual. Sé que estamos viviendo en un tiempo de libre movilidad, y no es tan díficil volvernos a ver, pero no seremos iguales, no seremos los mismos que somos hoy y los momentos que hemos compartido juntos no volverán. Desde el día que me vaya de aquí, todos se convertirán en recuerdos. Nada más que bonitos recuerdos. Y eso me da mucha pena. Alguien que conocí aquí me dijo una vez que tenía que aprender a vivir el momento, sin pensar en el futuro. Lo intenté hacer, y es verdad que he disfrutado a lo máximo, he hecho todo lo posible para no arrepentirme, pero una cosa no implica otra. Sigo pensar (demasiado) en el futuro y me doy cuenta todas las veces de que no sé nada de él, de que solo puedo imaginar. Suspiré otra vez. El zumo sabía más amargo, me parecía.

Otro viento vino (esta vez, no era una brisa) y me despertó de mis pensamientos. Hizo cerrar la ventana de forma bastante violenta y luego la abrió de nuevo. Este viento, además de terminar la dramática película de mi mente, me recordó de otra cosa: que cuando cierra una puerta, abre otra y este fin, aunque sea un fin, es el comienzo de algo nuevo. Tengo que irme para volver. Tal vez si tuviera más tiempo, me cansaría de Graná y no lo habría disfrutado tanto. Todas las cosas bonitas tienen su fin, y cuando llegue el momento, tenemos que terminarlas, queriéndolo o no. Está bien pensar en lo bueno (y malo) que hemos pasado, pero es mejor dejar de pensar en el porvenir en amargura. De todos modos, me quedan trabajos que hacer y un poco más de tiempo…

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